Antígona y Daagbo Hounon Poema VI ( parte II Antígona y Daagbo Hounon)
Antígona y Daagbo Hounon Poema VI ( parte II Antígona y Daagbo Hounon)
En la sombra del destino, bajo el peso del tiempo,
Su alma se viste con la tristeza de una herencia que no la suelta,
un grillete dorado, cuyas cadenas son palabras
que el oráculo de los dioses no se atreve a romper.
En otro rincón del mundo, donde el viento canta en lenguas de fuego, el pontífice Daagbo Hounon observa las estrellas.
Su mirada atraviesa la selva de lo invisible,
donde los dioses no mueren, sino que danzan
y se reencarnan en las piedras que pisamos.
—Antígona, hija de la tierra que habla en gritos,
tú que caminas con la espada del deber,
¿qué sabes del tiempo que nos consume,
de los dioses que no escuchan el lamento humano?
—Yo sé del polvo que cubre los huesos de los caídos,
del sufrimiento que arde bajo el yugo de la ley,
y del amor que no entiende fronteras ni muros.
La justicia de los hombres es la sombra de la verdad.
—¿Y qué sabes tú, hija de Creonte, de la libertad del alma,
de la danza sin fin entre los vivos y los muertos?
Nosotros, los hijos del Vodun, hemos conocido
el silencio que habla más que mil palabras.
¿Acaso tu destino no es más que la repetición de lo que fue?
¿Y el mío no es más que la esperanza de lo que será?
—El mío es un destino de muerte, de sacrificio,
un destino que se forja con la desobediencia,
pero también con la memoria.
Los dioses griegos son fríos, y su justicia cruel,
pero la mía no se somete a la opresión del tiempo.
El amor, el deber, la vida, la muerte,
son hilos entrelazados en la misma cuerda.
—Nosotros, hijos de la tierra de Benín,
vemos al dios Mawu no como un juez,
sino como un hermano que nos guía en el camino incierto.
¿Acaso no es la muerte también una forma de vida?
¿Y el amor, como en tu historia, no es el motor del sacrificio?
—Tú hablas de amor y muerte,
pero también hablas de justicia y venganza,
y en tus palabras resuenan ecos de una tragedia sin fin.
Los dioses que te dominan son los mismos
que dominan el alma humana,
mientras que los nuestros solo guían,
sin imponer, sin forzar.
El Vudú es un río que fluye,
se funde con la tierra, el mar y el aire,
y nos recuerda que la muerte no es el fin,
sino el paso hacia lo eterno.
Un silencio denso se extiende entre los dos,
y en ese espacio se cruzan los destinos.
Antígona, con su corazón de fuego,
y Daagbo Hounon, con su mirada de agua.
—Tú hablas de un dios que danza entre los mundos,
pero ¿acaso no son tus dioses como los míos?
¿Acaso no comparten el peso de lo humano?
¿No somos todos marionetas de un destino trágico,
que se repite como la marea que no sabe dónde termina?
—No es el destino lo que nos une,
ni la tragedia lo que nos define.
Lo que nos une es la verdad del alma,
la que no conoce fronteras, ni razas, ni tiempos.
Nuestros pueblos, el tuyo y el mío,
han sido tocados por la mano del olvido,
y sin embargo, en el olvido de la historia,
seguimos vivos, seguimos gritando.
II
Daagbo Hounon mira a Antígona,
y en sus ojos se reflejan las aguas de su país.
Antígona, la hija de Edipo, de la tragedia,
la mujer olvidada por la historia,
la que lleva sobre sus hombros el peso de todos los pueblos
que fueron silenciados, excluidos, malditos.
—¿Tú, hija de Creonte, hablas del olvido?
¿De la condena de ser mujer en un mundo que no escucha?
Nosotros, los hijos de Benín,
somos la memoria de las sombras que no se ven.
El Vudú no olvida, nos recuerda,
nos trae de vuelta a los muertos,
no como víctimas, sino como guías.
—Yo hablo del olvido de la mujer,
de su papel en las historias que nunca se cuentan,
en los libros que nunca se abren,
en las voces que no se escuchan.
Yo, como tú, soy hija de un pueblo olvidado,
pero también soy la memoria de los gritos silenciados.
III
En el umbral de la eternidad,
Antígona y Mawu se miran con la mirada de los sabios.
El viento de la historia sopla entre ellos,
pero no se detiene, no espera.
PD:
Créditos fotografía de Daagbo Hounon:
Gbaguidiul, CC BY-SA 4.0
, via Wikimedia Commons


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