Antígona y la Santería I
Antígona y la Santería I ( Parte)
No hubo alborada en Tebas.
Las piedras de la muralla, húmedas de sangre,
aún retenían el eco del combate fraterno.
pero solo a uno la tierra aceptaba,
solo a uno las manos del reino
le tejían un lecho de mármol y laureles.
El otro,
el maldito,
el sin tumba,
el que había sido hermano antes de ser traidor,
se deshacía en el polvo,
en la memoria y en la negación.
Y en esa negación se alzaba ella,
la hija de un padre ciego,
la mujer que heredó el destino del destierro
y la certeza del justo.
No es el decreto de un hombre lo que rige el polvo y la carne,
dijo a la noche,
dijo a la piedra,
dijo al viento que aún olía a miedo.
Pero Creonte,
el dueño de las palabras esculpidas en bronce,
había jurado que el que desobedece muere.
Porque la ley de los hombres
no admite duelo ni piedad,
solo mandato y castigo,
sombra y filo de espada.
Y sin embargo, Antígona,
hija de la tragedia y la condena,
no estaba sola.
Desde algún rincón de la eternidad,
los dioses la observaban.
No solo los suyos,
no solo los dioses del Olimpo y del trueno,
no solo Hades y Perséfone,
no solo los lares y los manes
que resguardan los sepulcros.
No, en su camino de arena y de destierro,
en su marcha hacia la fosa vacía,
le hablaban otras voces,
otros nombres susurraban en su oído,
nombres que no venían de Tebas,
pero sí de la misma herida.
Elegguá, ábreme los caminos,
murmuró la mujer en su vigilia de polvo.
Y el niño de la encrucijada sonrió,
porque entendía el sino de los rebeldes,
porque había visto a muchos
preguntar por la senda más justa
y encontrar solo muros de piedra.
Obatalá, dime si la justicia es ciega,
susurró cuando la noche se volvió más espesa.
Pero el anciano de barbas blancas
no respondió con palabras,
sino con el roce del viento,
con el murmullo de los ríos
que recuerdan los nombres de los olvidados.
Porque la memoria es un tambor
que resuena en cada latido,
en cada puño cerrado,
en cada puñado de tierra
que cubre a los muertos sin nombre.
Los dioses del Olimpo y los dioses de Ifá
se miraron desde sus altares lejanos,
y en sus ojos sin tiempo
entendieron que la justicia
no es sino el eco de la historia
escrito en los huesos de los vencidos.
Antígona descendió al valle,
hizo de sus manos un cuenco de piedad
y arrojó el polvo sobre la frente del muerto.
No importaba si era hermano o enemigo,
porque en la muerte
todos vuelven al mismo origen,
y en la injusticia
todos vuelven a la misma herida.
Pero Creonte no escuchó los tambores,
no vio la danza de los ancestros,
no sintió la voz de Oya
arrebatando los nombres al viento.
Él solo vio traición,
vio desafío en la mirada de la mujer
que no temblaba ante la muerte,
que no pedía clemencia,
porque sabía que la clemencia
nunca fue para los que rompen la ley de los hombres
en nombre de la ley de los dioses.
Y entonces habló Antígona,
su voz un hilo de oro en la noche de piedra:
¡No hay justicia en la prohibición del duelo!.
¡No hay piedad en la negación de la memoria!.
¡No hay rey que gobierne sobre los muertos!.
Pero Creonte selló su destino,
y la tierra que ella defendió
se abrió para tragarla.
Entre muros oscuros,
con la soga como única corona,
Antígona cerró los ojos
y vio a Oyá danzar entre sombras.
Vio el manto púrpura de la reina de los vientos,
el látigo de la tempestad en su mano.
Y supo, con la certeza de los muertos sin tumba,
que la historia no calla,
que la memoria no se entierra,
que la justicia es un río
que, tarde o temprano,
arrastra todo a su cauce.
Y en su último aliento,
cuando el mundo se apagó ante sus ojos,
cuando su carne dejó de ser carne
para volverse polvo,
sintió la risa de Elegguá
deslizarse por el viento.
Porque la muerte no es final,
porque la justicia no es decreto,
porque en cada esquina del mundo,
en cada calle sin nombre,
en cada esclavo sin cadenas,
en cada piedra sin lápida,
Antígona vuelve a levantarse.
Y los dioses la miran,
los del Olimpo y los de África,
y todos entienden,
todos saben,
que la historia
siempre será de los que no callan.
Créditos de la imagen:
De Ji-Elle - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=38466115

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