Antígona y Santería ( Parte II)

 Antígona y Santería ( Parte II)

Entre los muros de Tebas y la sombra de Creonte,
alza su voz una hija de la desobediencia,
una mujer que no teme la ley de los hombres
pues en su sangre palpita el mandato de los dioses.
Y sin embargo, no está sola.
El viento del Caribe le murmura otros nombres,
antiguas promesas tejidas en lenguas de hierro,
en barcos sin rostro, en noches sin luna.
Los tambores resuenan en su exilio imaginario
y Antígona, con su osamenta de mito,
cruza el umbral del tiempo para hallar
otras deidades que también lloran
a los muertos sin tumba,
a los hijos negados de la tierra y del agua.
Elegguá, ábreme los caminos,
murmura en su destierro sin fe,
mientras el niño sonríe
y le muestra las sendas invisibles
por donde caminan los que desafían reyes.
Pero el decreto de Creonte es férreo
como el yugo que siglos después
aplastará espaldas en los cañaverales.
El poder no escucha a las quejas del alma,
no distingue la justicia de la intransigencia,
como no distingue el amo
la carne del esclavo de la suya propia.
Oyá, diosa del viento y la muerte,
reina de los cementerios,
sopla en la brisa su plegaria sin altar.
Y Oyá, con su rostro de mil tempestades,
la mira con ojos de hermana,
pues ambas conocen el lenguaje del duelo,
el peso de la pérdida,
la furia de un destino impuesto.
Yo también he visto el dolor de los míos
sepultado en el polvo de la historia,
parece decir la Orisha con su manto de cenizas.
Y Antígona, en su luto de siglos,
se arrodilla ante la noche y comprende:
la muerte no es un fin,
sino una promesa de memoria.
Pero Creonte no oye a los Orishas,
ni a Zeus ni a Olofi,
ni a los muertos que claman desde las entrañas de la tierra.
Él solo ve su decreto grabado en piedra,
como siglos después lo verán
las cadenas grabadas en piel,
los látigos marcando credos ajenos,
los nombres propios borrados
por la lengua del amo.
Obatalá, padre de la creación,
dime si la ley de los hombres es mayor
que la ley de la piedad.
Pero el dios blanco como la espuma
guarda silencio,
porque ya sabe la respuesta,
porque las leyes humanas
siempre olvidan el llanto de los vencidos.
Y así, la hija de Edipo camina
sin más estandarte que su propia sombra,
sin más himno que su propia sangre.
Camina entre dos mundos
que al final son el mismo,
pues en todos los pueblos
existe un Creonte,
y en todas las tierras
una Antígona se alza
para recordarnos
que la justicia no obedece tronos
ni respeta linajes,
que la libertad es un fuego
que no entiende de dioses
pero los convoca a todos.
Los dioses de Tebas y los dioses de Ifá
se miran en el reflejo del destino.
Antígona y los Orishas
se reconocen en la brisa de la historia.
Y en algún rincón donde el tiempo se disuelve,
donde el mito se vuelve carne
y la carne regresa al mito,
los muertos encuentran su descanso
bajo un mismo sol.
JRC



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