El tiempo de Antígona
El tiempo de Antígona
Consumo, dice el aire,
consume lo que no necesitas,
lo que no llena, lo que no pesa,
Y Antígona, varada en el siglo
de las luces y las sombras falsas,
mira sus manos: vacías,
pero llenas de tiempo
que no quiere vender.
Todo cuesta, todo falta.
Un minuto por un deseo.
Un día por una quimera.
Un año por una promesa
que nunca se cumple.
Y ella lo sabe:
si consume, pierde la vida.
Si no consume, también.
En este mercado de espejos
el tiempo es la moneda más frágil,
y aun así lo gastan sin medida.
Pero Antígona,
hija del deber y la tragedia,
conoce el filo del dilema:
morirá de todas formas.
Morirá luchando por lo esencial,
o morirá cediendo al vacío.
Su tragedia no es el fin,
es la elección.
En su pecho arde el Mediterráneo,
su costa seca y eterna,
donde las olas erosionan el mármol
y el mármol, paciente,
permanece.
Ahí no hay consumo.
Solo el vaivén del tiempo,
su única riqueza.
Y Antígona, hija del instante,
reclama su verdad:
no hay riqueza más pura
que lo que no se compra.
No hay libertad más plena
que el tiempo ganado
a costa de nada.
Dejad que el mundo corra,
que cuente sus monedas huecas,
que pierda sus días en cambio.
Ella elige el peso noble
de un instante libre,
el precio justo de existir
sin deberle al oro
lo que el alma reclama.
El tiempo es todo,
el tiempo basta.

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