Hermandad Sosegada. Poema V.

 Hermandad Sosegada. Poema V.


Antígona:
Aquí, en esta sombra de lo que fui,
se agita la memoria de mi patria,
la tierra de mis padres, la Grecia que no olvida
el sacrificio de un cuerpo desnudo
bajo el peso de un edicto frío y cruel.
No vengo de un olimpo, no soy diosa,
sólo soy hija de la tierra,
de aquellos que han dado su vida
por la palabra escrita en el alma,
por un acto de amor que trasciende el polvo
y se alza hacia los dioses y las estirpes.
Daagbo Hounon:
Ah, pero la tierra de tus padres
se aleja como el viento que se lleva las semillas,
y yo vengo de otro mundo,
donde el espíritu danza en el viento
y los dioses no son inalcanzables,
sino que se mezclan con la sangre humana,
caminan entre nosotros como sombras,
como murmullos del pasado.
Antígona, mujer de tragedia griega,
en tus ojos veo la misma lucha
que, en mi pueblo, en mi pueblo de Benín,
donde el vodun vibra en cada latido,
y la voz del pontífice no es más que eco
de aquellos que ya no están.
Antígona:
Hablas de espíritus, de sombras…
y yo, hija de la tragedia,
me vi enfrentar a la muerte
por un solo acto de justicia.
¿No es la justicia, acaso,
la ley que los dioses impusieron en el mundo?
Mi hermano, el que fue dejado al olvido,
mi deber era darle un descanso digno,
más allá de lo prohibido, más allá de la ley.
Y tú, ¿quién eres tú para hablarme de esos espíritus,
de esos dioses que, al igual que los míos,
cantan al oído de los fieles,
en un idioma que trasciende
el mero lenguaje de los hombres?
Daagbo Hounon:
El vodun no es un idioma, Antígona,
es la vida misma que se funde con el cuerpo.
Cada rito es un puente entre el pasado
y el futuro que no se ve,
pero se sabe que existe.
Nosotros, en nuestra oscuridad y luz,
entendemos que el destino no está sellado
por la voluntad de un dios o de un rey,
sino por el alma colectiva,
la de todos los que vinieron antes de ti y de mí.
La ley que tú sigues es humana,
pero la que yo sigo es ancestral,
es la que se nutre de los vientos
y los ríos que nos bañan,
es la que teje en cada instante
la hermandad entre todos los pueblos,
la que no reconoce fronteras
ni entre dioses, ni entre hombres.
Antígona:
Pero, ¿qué sabes tú de fronteras,
si tus dioses no tienen forma,
si tus palabras no encuentran tierra firme?
Mis fronteras eran las de un reino
que cayó como caen todas las tiranías.
¿Quién será el que se acuerde de mí?
¿Quién alzará mi nombre,
cuando todo lo que hago sea olvidar
la sombra que me persigue?
Daagbo Hounon:
Tus fronteras, Antígona,
son las mismas que las mías,
y no se ven, no se sienten,
pero nos limitan como el aire que respiramos.
Esas fronteras no son las que marcan
el paso de un rey o de un dictador,
son las que surgen en el alma
cuando el hombre olvida su propio origen.
Somos todos, hijos de la misma tierra,
somos todos, llamas encendidas
en la misma noche infinita.
El olvido que denuncias no es el mío,
y aunque el tiempo pase y las lenguas se pierdan,
mi nombre resonará donde quiera
que haya un corazón que aún palpite.
La mujer en la historia es la memoria,
y la memoria no se olvida.
Antígona:
Es verdad, la mujer ha sido olvidada,
no en las palabras, sino en los gestos.
He vivido en el olvido de los hombres,
en su sombra, en su guerra y en su calma,
y, aun así, he hecho lo que los dioses exigían.
No busco honor, no busco gloria,
solo busco la verdad que se esconde
en las raíces de la tierra,
en las huellas que dejamos al caminar.
Daagbo Hounon:
Y en la verdad que tú buscas,
en la misma que yo encuentro,
hay una sinfonía ancestral
que une lo que el tiempo ha separado.
El vodun y tus dioses,
el cristianismo y nuestra fe,
todo se entrelaza en el aire,
y no hay distancia en nuestras creencias,
solo el eco de un destino común.
No hay frontera que no se pueda cruzar,
ni raza que no se disuelva
en la unión de lo divino y lo humano.
La xenofobia, esa plaga que nos separa,
es solo una mentira que se pierde
en el olvido de las edades.
Antígona:
Entonces, ¿quién somos,
si no lo que las generaciones nos han dejado?
¿Quién es el hombre para trazar líneas
en el cielo, en la tierra, en el corazón del otro?
Somos solo un momento,
una chispa fugaz en el largo caminar del universo,
y, aunque las tragedias marquen nuestro paso,
en cada tragedia hay una semilla
de hermandad, de comprensión,
de la búsqueda, no de respuestas,
sino de la posibilidad de la reconciliación.
Daagbo Hounon:
En eso, mi hermana, te encuentro.
Nuestra verdad es la misma,
y aunque la mitología griega y el vodun
se hagan distintos en nombre,
en el fondo todos tenemos la misma historia,
la misma sombra,
la misma lucha.
El destino, sí, es trágico,
pero también es sublime en su esencia.
Nacer es morir,
y morir es volver a nacer en otro ciclo,
donde los dioses ya no nos miran,
sino que nos sienten
en el latir de la tierra,
en el susurro de nuestros pasos.
Antígona:
¿Y qué hacemos con el tiempo?
¿Acaso no lo hemos visto pasar,
arrastrando las viejas heridas
y los recuerdos que nunca terminan?
Daagbo Hounon:
Lo que hacemos, mi hermana,
es vivir en cada instante,
en cada suspiro de aire.
Porque el tiempo, como el río,
no se detiene.
Es solo el alma la que sigue su curso,
luchando, amando, soñando.
Antígona:
Entonces, quizás no estamos tan lejos.
La misma tierra, el mismo viento,
y el mismo cielo que nos observa
mientras seguimos caminando.
Daagbo Hounon:
Y en ese caminar,
todos somos uno,
no hay fronteras que dividan,
solo el eco del alma
que nos llama a la unidad.
JRC



PD:
Daagbo Hounon Máxima autoridad del Vodun o Pontífice del Vodun. Aquí referencias sobre Daagbo Hounon:
Créditos fotografía de Daagbo Hounon:
Gbaguidiul, CC BY-SA 4.0
, via Wikimedia Commons

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