La distopía burocrática

 La distopía burocrática

Aquí está, Antígona,
huérfana del mármol griego,
desnuda frente al monstruo de los sellos.
Viene con sus manos limpias,
con su derecho intacto,
a reclamar un techo que no caiga
ni se esfume en el aire gris
de las oficinas sin rostro.
El laberinto la llama.
Hay formularios que respiran,
escaleras que no conducen a nada,
ventanas que sólo reflejan el cansancio.
Antígona entra,
y los despachos tiemblan de indiferencia.
“Vuelve mañana”, murmuran las puertas,
“Falta un papel”, resopla el silencio.
Ella insiste.
Ella clava su grito
en las paredes sin eco.
Sabe que su lucha es un hilo
contra el tejido que la asfixia.
Que su cuerpo ya es sombra
en un mundo que la margina.
Si no pelea,
la calle será su única herencia.
Si pelea,
su muerte será la cicatriz
de un sistema que se burla
de las promesas grabadas en piedra.
Antígona,
hija de la justicia antigua,
con su ética ardiente
desafía las máscaras del poder.
Pero aquí, entre pasillos infinitos,
la dignidad se paga con sangre.
Y ella, que no acepta el olvido,
se alza hasta el final,
aunque el precio sea su vida.
En las plazas queda su voz,
en las grietas del asfalto
su huella imborrable:
“No quiero morir sin un techo,
pero no moriré sin luchar”.
JRC

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